Involución natural

Parafraseando al gran orador, Dr. Heinz Doofenshmirtz, “Maldito seas Darwin el antropólogo!!“.

En este año de despedida del deporte de competición, en el que los dolores y molestias se han multiplicado exponencialmente a lo largo de la temporada, es momento de echar la vista atrás,momento de ver si todas esas lesiones tampoco han sido tanto, si todas esas horas valieron la pena.

Hace ya tanto que empecé en esto del basket que he tenido que restar para sacar las veintinueve temporadas que llevo metido en el deporte más maravilloso del mundo. Casi treinta años botando un balón, pasando de ser un ala-pívot (pedazo de nomenclaturas que nos gastábamos antes) rápido a un escolta anotador. Evolucionando, aprendiendo, jugando, disfrutando, sonriendo y también llorando y pasándolo mal, que la competición tiene esas cosas.

Empecé siendo un Rodman (que Dennis me perdone la comparación pero es por situar un poco la historia), rápido, fuerte, buena colocación y baloncesto el justito para acabar los partidos. Viniendo como venía del balonmano en mi primera temporada me caracterizaba por coger muchos más rebotes que puntos anotara.

En las temporadas siguientes mi estatura se estancó (vamos que se quedó clavada prácticamente en la que ha sido mi altura final) y mi posición en el campo fue variando. Aprovechando un buen físico pasé a jugar como alero, rápido en las penetraciones, pegajoso en defensa y llegando muy arriba a por los rebotes. El tiempo pasaba y mi manejo de balón mejoraba rápidamente, así que fue el momento de intentar alejarme un poco más del aro y pasar a la posición en la que me he movido prácticamente todos estos años, la de escolta. Ahí comenzó un largo peregrinaje en busca de una mecánica de tiro rápida (siempre he tardado bastante en armar el brazo) y efectiva (en eso sí que he ido ganando). Creo que para mi entrada en la categoría senior ya había dado muestras de cual iba a ser mi nivel, un escolta con buenos movimientos en defensa y un tiro exterior decente combinado con bastante acierto y criterio en las penetraciones.

Con esas premisas pasaron las temporadas y sobre mis rodillas fueron cayendo saltos y más saltos, sobre mis tobillos cambio de dirección tras cambio de dirección, en mis gemelos arrancada tras arrancada y cambié el juego por la dirección. Mi paso al banquillo fue un bálsamo para mi fisio y para mi bolsillo.

Y damos un salto de varios años para plantarnos en el arranque de esta segunda juventud que nos hemos buscado en el basket un grupo de amigos. Todos ex-jugadores y todos conocedores de lo que habíamos sido y difícilmente íbamos a volver a ser. Del escolta que jugaba en nacional sólo quedaban un par de camisetas en un cajón de casa, unos cuantos kilos más y bastantes años encima lo habían transformado en un alero con un marcado cariz defensivo. Aun así, de cuando en cuando se destapaba con alguna que otra canasta penetrando a aro pasado o con un lanzamiento tras fintar a todo el que se ponía por medio.

En esta última temporada el círculo se acabó cerrando y sufrí en mis carnes el efecto Mathaüs, el que fue media punta de la selección alemana de fútbol y acabó jugando como líbero. Después de un ajuste defensivo en un tiempo muerto escucho, “Heavy ponte tú en el medio de la zona“…. Cómo?? Pero si hasta hace nada yo defendía arriba de la zona!!! Y sí, ahí estaba yo, cantando cortes y subiendo a cerrar los huecos que se producían al bascular la defensa y lo peor/mejor de todo…. Hice un buen partido defensivamente, cortando balones, colocando a los compañeros, cerrando el rebote…

Veintinueve años, se dice pronto pero es más de media vida. Este año ya toca dejar los fines de semana para salir con la bicicleta con mi hijo, esta dieta de antiinflamatorios, hielo y pomadas no es nada buena y me escucho decir con demasiada frecuencia eso que decía mi abuelo de que me crujen los huesos cuando cambia el tiempo.

Me quedan pocos partidos, así que a disfrutar de lo que queda y a ver si con un poco de suerte me voy para casa con un título debajo del brazo.

El moco

mocoEs duro ser un moco, no te sientes valorado, parece que a todo el mundo molestas cuando lo que pretendes hacer es proteger de alguna agresión exterior. Desde bien pequeños parece que nos odien y no hacen más que intentar tirarnos de nuestro hábitat natural con cualquier medio a su alcance; dedos, suero salino, pañuelos, aspiradores. Es difícil soportar tanta presión, vivir agarrado a un pelillo, atento a cualquier estornudo traicionero que nos expulse de esa pequeña caverna calentita en la que nos gusta estar.

 Menos mal que nos queda un poco de tiempo revuelto para poder prosperar antes que llegue el terrible verano y tengamos que casi extinguirnos hasta el otoño.

La revolución viscosa llegará y dominará vuestras narices!! No bajéis la guardia… ni los kleenex.

Olores

El olfato es un sentido de lo más particular, capaz de transportarte a otro lugar, a otro tiempo e incluso a otra situación. Olores desagradables te evocan recuerdos de infancia en un destartalado caserío con un corral de ganado cerca. El humo en el frío húmedo te lleva frente a una chimenea y un tronco crepitando en las llamas. El aceite sofriendo tomate y verduras con un fuego de ramas de naranjo te sientan junto a la familia alrededor de una paella.

Olores y más olores revoloteando a nuestro alrededor, entrando por la nariz y disparando descargas en nuestro cerebro.

Estamos en plena primavera, en la huerta un manto verde brilla bajo un sol cada vez más intenso. Verde oscuro para las hojas de los naranjos, más claro para las patatas y las acelgas, verde gastado en las pocas alcachofas que aún resisten. Y entonces hueles, hueles la tierra recién regada, las flores de todo tipo que asoman allá donde miras y hueles… hueles los kilos de abono que han tirado y piensas en lo engañados que tenía Blasco Ibáñez a todos esos incautos que leían sus novelas desde la seguridad de sus sillones. La flor de azahar, el aroma del jazmín, la tierra húmeda… nada del estiércol, de las acequias en los días de verano, de las columnas de humo en los días de quema.

Pese a todo, sigo yendo a la huerta casi a diario y pasando junto a ella varias veces al día. El olor a salitre cuando el levante sopla con un poco de fuerza se mezcla con los olores de la tierra. Y entonces huele a casa, a mi casa, a esa casa en la que me he criado y que por suerte o por desgracia me verá morir porque no me puedo marchar lejos de todo esto. La millor terreta del món le dicen y no mienten, vivir aquí es caer en su embrujo. El sol inundándolo todo de vida, el mar susurrando sin parar, el tío Toni recogiendo patatas, Llorenç limpiando sus rejas de un negro reluciente.

Imposible no acordarme siempre de la canción de Carlos y hacerla mía.