El perro negro, la perra vida

Hay golpes que te marcan. Algunos sólo consiguen hacer una pequeña muesca en tu alma, una muesca que con el tiempo queda disimulada como un arañazo imperceptible. Otras dejan un profundo surco que por mucho que pase sigue ahí, recordándonos el momento, trayendo al presente todo el dolor que estaba guardado bajo una capa de polvo y olvido. De esas tengo yo una que no creo que se borre jamás y siempre hay algún detalle que me la trae a la mente cada cierto tiempo.

Disfruto de una vida que algunos (des)conocidos califican de idílica, tengo una mujer que me quiere con locura (si no no es comprensible que me haya aguantado estos últimos años), unos hijos que borran la tristeza con sólo abrir los ojos y aún así me he pasado casi dos años con una depresión que ha ondulado entre severa/profunda y leve y que afortunadamente voy dejando atrás poco a poco. Cómo? Por qué? Se preguntan muchos y me miran con cara de estar mirando a un alien, que dónde miro para no ver todo lo maravilloso que tengo delante. Y no se dan cuenta que, a veces, la vista se me va al 16 de diciembre de 2010 y pasea distraída hasta el 22, luego se toma su tiempo en esas Navidades de lágrimas escondidas y en el año nuevo de amargura y dejo de ver todo lo que tengo.

Hasta ese momento todo era felicidad, pero ese día se grabó a fuego y dejó surcos que llegan hasta ahora. Mireia se quedó por el camino, la dejamos en el camino porque el panorama que se asomaba al horizonte de su vida era tan terrible que hacía pequeño el dolor de aquella decisión. Cada vez que veo a algún pequeño de la edad que ella tendría ahora con algún problema físico, en uno de esos carros de bebé XXL, con la baba cayendo descontrolada, con alguna secuela de alguna operación, mis ojos vuelven a 2010… El cardiólogo explicando los ningunos pros y los muchos contras, la doctora recorriendo con el ecógrafo la barriga de mi mujer en busca de algo de esperanza, la espera en el hospital para pasar a la consulta y dar el último paso, el pequeño en casa de sus abuelos preguntando por su hermana, la aterradora espera, la vuelta a casa, la sensación de vacío…

Hace poco me encontré con una niña así, unos cuatro años, una silla de ruedas que le quedaba grande, la cabeza ladeada y unos ojos preciosos llenos de vida, una mirada tan dulce como la miel de la que parecían estar hechos. Inevitablemente le saqué la lengua, es mi primer gesto con los pequeños desconocidos y su sonrisa me dio un pellizco en el corazón. Su madre me explicó que iban al médico a una revisión, una de las muchas que la pequeña parecía tener que haber pasado mientras miraba con una sonrisa a sus hijas y a las mías que simplemente iban porque tenían fiebre.

Lo siento por los que leéis esto pero hoy tocaba desbarre, llevo una temporada sensible y a alguien se lo tengo que contar. Además la semana pasada fue el Día mundial contra la depresión y falta que me lo recuerden. La canción de despedida de hoy…. bueno, escuchad la letra.

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2 thoughts on “El perro negro, la perra vida”

  1. Hola, Alex. Me pasaba por aquí y me dió por volver a entradas pasadas y me alegro de haberlo hecho. Te entiendo perfectamente. A mí, no me ha pasado eso, en concreto. Pero sí sé por otras cosas que la vida, te da estos reveses. Me pongo en tu piel y creo saber por lo que estás pasando. Tendrás que aprender a vivir con esa sombra, amigo. Mireia hace mucho que te ha perdonado 🙂 Espero que mis palabras te reconforten, Alex. Cuando te sientas así, juega con tus niñas. Ellas te sacarán la sonrisa. Eres un padre estupendo y una gran persona. No seas tan duro contigo, no te hagas esto. Y mereces ser feliz, como el que más. Un beso

    1. Hola Mere.

      Gracias por pasarte y por leerlo. Son momentos de bajón (cada vez menos) y me dio por escribirlo. Estar rodeado de pequeños obliga a sonreír mucho más de lo que lo haría si estuviera sin ellos, entre todos es mucho más fácil tirar para adelante.

      Besos.

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