El jardín

Este fin de semana fui a visitar a mis padres, la visita mensual que me obligo a hacer sin muchas ganas. Mi padre es un ser digno de estudio, culto hasta donde ha podido, autodidacta, un sol hasta los cuarenta y un becerro desde entonces. No os vayáis a creer que no quiero a mi padre, ni mucho menos, simplemente es que el camino que recorrimos juntos se separó y no hay nada que lo haga converger.

El caso es que una de la aficiones de mi padre, y a la que arrastra a mi madre como tantas veces, es la jardinería. Desde que se mudaron al pueblo en el que viven siempre han tenido un pequeño jardín en el que no han faltado todo tipo de flores y un rincón para el cultivo de algunas hortalizas. Incluso hay una pequeña encina que algún día dará sombra en los cafés veraniegos. Siempre que voy a verlos me asomo a ver como va el jardín, me gusta curiosear cual ha sido la última calabaza en asonar o si lo que plantaron en mi anterior visita ya ha empezado a florecer. El pasado domingo al asomarme el panorama era tremendo, los rosales secos, el rincón de las verduras con cuatro plantones mustios y el resto vacío… Y me dio por mirar a mis padres y ver que se han hecho viejos de golpe.

Hace tres años a mi padre le dio un infarto que lo tuvo mes y medio conectado a todos los tubos posibles, salió del paso pero las secuelas quedaban ahí. A principios de este año operaron a mi madre de varias hernias discales y pese a que todo ha ido muy bien, con setenta años es difícil que no queden dolores. En verano hubo que sacrificar a su perrita, Pelusa, llevaba 14 años con ellos y además de llenar de pelos todo a lo que se acercaba, era el punto de ternura y compañía que les faltaba.

Los dos tocados y con secuelas físicas pero con el ánimo mucho más tocado aún. El jardín era su obligación, su tarea para estar activos y la metáfora era más que evidente. Comencé a desandar el camino buscando reencontrarme con mi padre, recordando momentos perdidos en la memoria entre juegos y risas. Mi primer balón de baloncesto y el paseo hasta el único campo que por aquellos años había en mi pueblo, un coche de radiocontrol con un gran lazo, las primeras lecciones de conducción y la primera salida con la L en el cristal trasero, Serrat hasta en la sopa…

Recuerdos que me sacan una sonrisa y que a la vez me ponen algo melancólico, tantos años perdidos en mirar hacia otro lado.
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