Tragaderas

Diga lo que diga el FMI, el BCE, el Gobierno y cualquiera que emita un juicio macroeconómico, la situación laboral en este país deja bastante que desear. Esto obliga a asumir como aceptables determinadas condiciones o imposiciones que en otro caso ni se plantearían y si se plantearan, implicarían dejar ese trabajo al momento.

No es el caso, ahora mismo cuesta soltar el puesto que se tiene porque la dificultad de obtener otro y la duda sobre si será mejor o peor que el actual nos llenan de miedo en nuestras decisiones.

Ya lo dijo el gran Maestro Yoda, el miedo lleva a la frustración, la frustración a la ira y la ira al lado oscuro. Así anda mucha gente, en ese camino desde el miedo a perder un empleo que no satisface sus expectativas profesionales y, en algunos casos, ni las económicas. Actualmente no es mi caso pero sí que lo es para mucha gente que me rodea.

Mi trabajo actual no es el trabajo con el que yo soñaba cuando estudié informática pero me permite algo muy importante, desconectar totalmente de él cuando aparco el coche al final de una jornada. Esto es algo muy importante para mí después de muchos años de llevarme trabajo a casa, de despertarme en medio de la noche con una query que soluciona algún problema en un report o escuchar las conversaciones de casa como la música de fondo que tienes mientras tecleas. Ahora todo eso ha quedado atrás.

Sin embargo, mucha gente no tiene esa suerte. Tienen uno (o más trabajos), que los estresan, los alienan y les hacen ir perdiendo el buen humor y la perspectiva de que el trabajo sólo es un medio para vivir y no el fin. Quizás todo esto sea muy fácil de decir visto desde fuera, cada uno tiene unas circunstancias personales que valora de diferente forma y para mucha gente trabajar es la forma de realizarse personalmente.

Después de diez semanas de baja aún me reafirmo más en mi forma de actuar en el trabajo, no tragar con todo, decir que no muchas más veces que aceptar viajes fuera de casa. Un compañero se marchó recientemente porque siempre estaba fuera, se quejaba amargamente a nosotros de esa situación pero jamás decía que no. Las tragaderas no son infinitas y cuanto antes mostremos los límites, mejor estaremos tanto los que mandan como los mandados.

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