Valores

Hace unos días un vídeo de una pelea en un partido de fútbol infantil en Mallorca se asomaba a toda hora a nuestras pantallas. Telediarios, prensa escrita y, sobre todo, diarios online y redes sociales se hacían eco de la noticia y valoraban lo que había sucedido. Se buscaron culpables desde todos los ámbitos y finalmente lo pagaron los de siempre, los que menos influyeron en que esa situación se viviera… expulsaron al equipo y a los jugadores de la competición.

Y yo, que he estado metido hasta las cejas en educación deportiva, baloncesto base e incluso temas arbitrales, pues me puse a pensar. Qué haría yo para solventar esa situación? Sirve de algo expulsar a ese equipo y a los jugadores? No hay más responsables ni mejores alternativas? Muchas preguntas en el aire y muchas opiniones, a cual de todas más violenta o extrema.

Evidentemente no es cuestión de quitar culpa al equipo expulsado, no era la primera vez que protagonizaban incidentes en diversos campos, así que no valía lo de cargarle el muerto a la federación correspondiente y decir que pobrecitos. Pero sí se le daba una vuelta más, los jugadores (todos ellos de muy corta edad) son víctimas de una formación más que deficiente tanto en el club como en sus casas. Muy extraño sería que si a esos niños se les hubiesen explicado las mínimas normas cívicas de una competición, las cosas discurriesen por los cauces que lo habían hecho.

Tampoco se puede culpar al club, porque bastante tienen con gestionar un presupuesto más que ajustado y un grupo de gente casi voluntaria como para ir dando lecciones de comportamiento a unos padres que deberían dedicarse a aplaudir y animar a sus hijos y enseñar algo útil a sus hijos en vez de volcar sus frustraciones en la grada.

Pues de momento esas son las dos víctimas que ha elegido la federación para dar ejemplo. Club sancionado y niños expulsados de la competición.

Voy a ponerme en modo “abuelo cebolleta” y recordar algo que implantamos en la competición escolar (que es de la edad de los niños implicados en este tema), de esto hace unos veinticinco años y a mí siempre me pareció que era algo fácilmente extensible a otros deportes y ámbitos pero que fue quedando en el olvido cuando los responsables de la idea nos fuimos apartando de la dirección del basket base.

La idea era muy sencilla, fomentar la deportividad y la rivalidad sana entre equipos, castigar comportamientos violentos tanto física como verbalmente y evitar que las gradas fueran un hervidero de bilis a vomitar sobre los rivales y sobre los árbitros. Esas simples reglas, evidentes para quien tenga un mínimo de sentido común, costaron más de un disgusto a árbitros y entrenadores inicialmente, pero en un par de temporadas estaban fijadas en todos los integrantes de la competición. El número de técnicas a jugadores y entrenadores se redujo a una cifra residual, se dejaron de escuchar improperios desde las gradas y el ambiente que se respiraba era de deportividad máxima.

Fuimos la envidia de los futboleros, un ejemplo a señalar por parte del responsable de la competición… pero ahí quedó todo. Un tiempo después de apearnos del tren las cosas volvieron a ser como eran antes y poco a poco se instauró el ambiente crispado. Cierto es que el baloncesto no es fútbol y el ambiente en las gradas es muy distinto pero cierto es también que todo se ha “futbolizado” en demasía en los últimos tiempos.

En mi memoria siempre habrá recuerdos para partidos en los que hemos salido escoltados por la Guardia Civil (el 1% o menos) pero sobre todo por abrazos con rivales, con sonrisas, con felicitaciones cuando has sido mejor y con gestos de complicidad con quien te acababa de ganar. Esto es deporte base, no hay Lebrones ni Currys, sólo niños que tienen que aprender que ganar o perder es parte de competir y que lo importante no es eso si no esforzarse al máximo.

Imborrable el momento en un partido de fútbol en el que participaba mi hijo y en una disputa de un balón chocó con otro niño (de SEIS AÑOS!!!) y lo derribó. Mi hijo se giró inmediatamente y fue a ver como estaba el otro niño entre gritos de otros padres escandalizados por haber dejado escapar la pelota. Ese día decidí que ya no habría más partidos de fútbol.

Se os ocurre alguna solución? Algo mejor que retirar a un grupo de niños del deporte que les gusta? Yo empezaría por casa, y vosotros?

Respeto

La memoria siempre es corta pero aún lo es más para recordar las cosas positivas. El deporte aún acorta más la memoria y sobre todo el respeto. En otros países se aplaude a sus leyendas, aquí les echamos tierra encima y a rey muerto rey puesto.

En 1986 la NBA era un lugar remoto en el que los marcianos del baloncesto jugaban a un nivel que el resto del mundo miraba con lejanía y envidia. Un españolito decide que él puede formar parte de esa aventura y ficha por un equipo que nos era totalmente desconocida, los Portland Trail Blazers. Fernando Martín pasaba a formar parte de la leyenda, el primer español en jugar en la mejor liga del mundo. Su aventura duró sólo una temporada pero marcó el camino que después siguieron los Gasol, Navarro, Rodríguez, Calderón, Claver y el resto de la “ÑBA”. Fernando murió y su leyenda no murió nunca, si no seguramente habría sido pasto de los pitos, las portadas de la prensa deportiva menospreciándolo y la nueva moda de los comentaristas de internet.

Carlos Sainz situó el automovilismo español en lo más alto en la década de los 90 y fue un referente absoluto dentro de un mundo tan competitivo como el de los rallyes, en el que una centésima de segundo se defiende contra tu propio compañero de equipo. Después de un bicampeonato y varios subcampeonatos, su recuerdo para la mayoría es el grito de su compañero Luis Moya con el coche parado a pocos metros de la línea de meta y el campeonato del mundo escapándose mientras su coche echaba humo. Las burlas han sobrepasado con creces a las alabanzas para un piloto que marcó un antes y un después en la conducción mundial.

Fernando Alonso fue campeón del mundo en una disciplina en la que lo máximo que había conseguido un deportista español era un par de puntos. Demostró talento y mostró esa bocaza que sólo los jóvenes que viven en el olimpo sacan a pasear y esa fue su condena. Siempre perseguido por un aura de soberbio que ha tapado éxitos incontables en los años que ha estado en la F1. Compañeros y equipos lo han considerado, y consideran, el mejor piloto de la parrilla pero aquí lo denostamos por algo que dijo hace ya mucho.

Iker Casillas fue “San Iker” tantas veces que al final llegamos a creerlo divino en vez de humano. Años de servicio leal al mismo club se pagan con gritos y voces que piden su marcha.

Lorenzo, Márquez y Pedrosa protagonizan un duelo épico en la cima del motociclismo mundial pero a muchos se les olvida que el primer título lo consiguió Alex Crivillé y más atrás, el primer podium lo logró Joan Garriga con una Cagiva. Los triunfos de hoy suelen venir porque hubo alguien que se aventuró, que dejó su vida tranquila y cómoda en una categoría o una liga en la que era el mejor para volver a empezar en un lugar nuevo, muchas veces hostil y abrir camino a los que se le unían por detrás. A todos ellos se les debe al menos el respeto de haber intentado algo que a muchos nos estará vedado y a otros les queda fuera del alcance.

Aficionados, prensa y todo el entorno mediático podría y debería, ayudar a mantener el recuerdo de profesionales que han sido lo máximo en su deporte y que nos hemos ido dejando por el camino. Me he centrado en un entorno que conozco bastante bien pero esto es aplicable a casi cualquier disciplina.